El Fin del No-Fin

Rozando la inconsciencia sufre indeciblemente el maldito. Se halla solo en este mundo cruel de la compañía desacompañada. Por mucho que le griten las personas, él no oye nada. Por mucho que intenten no hacerle daño, se lo hacen. Y es que es muy difícil no sentir dolor en una situación de crisis existencial. Nietzsche las pasaba, Camus también, al igual que Schoppenhauer, y Sartre, y tantos otros… Baroja, Unamuno, Valle-Inclán, Blas de Otero,…

Cuando no sabes qué pensar, qué decir, cómo actuar, nada tiene sentido. Y es que nada tiene sentido.

El desgraciado está pasando el peor momento. Quiere llorar, pero ni las lágrimas acuden a los ojos ni las fuerzas al cerebro. Es un momento de muerte en vida, con la diferencia de que un muerto no siente y aquí se siente mucho, demasiado. Pero por lo demás todo es lo mismo. Una parálisis afecta a los músculos y esta te deja completamente apático. La mente se nubla, ningún pensamiento acude al cerebro y esto en vez de causar alivio causa más dolor. Y es que no se tienen palabras para expresar lo que siente.

Hinchados los ojos tiene del llanto sin lágrimas. Sentado de forma incómoda y con la vista dirigida a un punto gris del infinito se lamenta una y otra vez de existir. Abraza la idea del suicidio tal como la abrazó Werther.  Se pregunta qué se gana, qué ganaría con dejar de ser. No se siente capaz de responderse, no puede razonar, todo es muy difícil. “Es tan raro, tan extraño, tan difícil”.

Siente que las ganas de vivir se le escapan, se le evaporan como las azules aguas de un lago ante la acción de los inmortales rayos del sol. Nada cotidiano cobra relevancia ante el inmenso vacío que se abre ante sí. Todo resulta vano, insignificante pero a la vez pesado. La insoportable levedad del ser, algo tan común, pero que aún sigue atormentándonos. Ese  tremendo peso, a la vez liviano y pesado, a la par tenue y cargante, a la par etéreo y gravoso, a la vez vaporoso y plúmbeo, es el que oprime su pecho y le hace autotorturarse. Es ese mismo peso el que le hace perderse en la inmensa pequeñez de la nada. Inmensa pequeñez de la nada. Algo tan terrible y amargo.

Así como el condenado a muerte llora amargamente viendo llegar la hora en que su vida se interrumpirá violentamente, éste llora acerbamente viendo cómo su vida pierde sentido e intensidad, pierde la fuerza necesaria para dar un sí rotundo a la vida. Esa fuerza que antes poseía, que le hacía cazar mariposas invisibles cuando la oscuridad más apretaba. Esa fuerza que con el tiempo fue perdiendo nadie sabe por qué. Ese sí rotundo a la vida que antes daba a gritos se ve convertido en un descomunal no con los ojos llenos de lágrimas, ardientes lágrimas crujientes. Ese sí que en el tiempo en que era feliz sonaba como un mágico acorde de Led Zeppelin desapareció con el tiempo.

Se lamenta de no sentir igual que cuando era feliz. Nadie sabe por qué mudó de la felicidad a la desolación. ¡Hace tanto tiempo que nadie logra arrancarle una palabra…! Nadie encuentra remedio a tan magna desolación. ¿Cómo algunas personas pueden pasar de un estado de felicidad a otro de desesperación en tan corto intervalo de tiempo? Supongo que por un estado permanente de inconformismo y de descontento que presentan un sector de la población que les hace buscar más allá de lo que el sol les alumbra. Todo parece estar mal, y realmente no andan muy descaminados. A este sector pertenece él.

“El Desgraciado”, le llaman algunos. También lo conocen como “el Loco”. Yo prefiero nombrarlo como  “el Humano”, porque ante todo es eso, un ser humano, uno de los pocos que quedan.

La angustia se desborda en su cerebro, inundándolo todo. El Niño Verde vuelve a hacer de las suyas en su encéfalo, campa a sus anchas, se convierte en rey absoluto de éste. Esa inundación de angustia hace que todo pierda el sentido que debiera tener. Esa inundación hace que sus vidrios vean velados de un gris desangelado, que produce ofuscación. Esa inundación destruye los cultivos que florecían poco tiempo ha en su interior, los pudre, al igual que los sueños que acariciaba. Esos sueños de una vida mejor, más feliz. Esos sueños que servían de escape ante una realidad perra y dolorosa. Esos sueños que ya nunca volverán.

Haciendo memoria no recuerda ni un solo instante de no-angustia. Hasta en los momentos felices aparecía ésta para joder un poco la cosa, para que recuerde que está ahí, que no lo abandona, que es suyo. Ha convivido tanto con ella que se ha acostumbrado a tenerla a su lado. La angustia es como un parásito, se instala en ti, vive de ti, te debilita. Y como parásito que es tiene diferentes razas. Sin duda la peor es la angustia existencial, de la que las personas se ríen, sin saber lo destructiva que es. Te va minando las fuerzas, las ganas de vivir, te inunda de tristeza y desesperación y sólo ves la muerte como única salida.

No encuentra nada que despierte su interés. Afuera, en la calle, los niños juegan ruidosamente. Son felices. Él es infeliz. Oye a los niños  y  con la felicidad que le transmiten su dolor aumenta. Los envidia, los bendice, los odia, los ama. No concibe que la vida transcurra normalmente mientras él se hunde. No concibe que el tiempo no se detenga y llore con él. No concibe que él pueda llegar a ser tan insignificante.

La idea del suicidio le es cada vez más estimada, cada instante que pasa la adora más. Es algo tan edificante en esa situación encontrar una luz al final del túnel…, aunque esa luz le traiga la oscuridad eterna, porque esa oscuridad conlleva la insensibilidad absoluta, el no sentir dolor ni felicidad, nada.

En este instante de dolor le ataca un llanto desaforado que le corta la respiración y le hace hipar. Unas lágrimas ardientes y corrosivas le hieren el rostro, bajan hacia la boca inundándola de amargura. Lágrimas amargas y sudor frío. El llanto le alivia un poco, pues por sus  ojos expulsa dolor y amargura convertidas en lágrimas.

Lánguidamente el llanto va desapareciendo y vuelve a su estado de abulia que le suma en la desesperación hiriente. No consigue pensar con claridad, vislumbrar una solución, sólo ve que está solo, que nadie le puede ayudar, que nadie le va a ayudar. Para reaccionar y pensar comienza a golpearse las sienes con firmeza, lo que hace que más lágrimas acudan a torturarlo. Pausadamente se incorpora sin dejar de golpearse y exclama su odio contra dios, contra los hombres, contra todo. Grita atormentadamente, pide que se acabe su padecimiento, que acabe su tormento, su suplicio, su sufrimiento. Nadie le escucha. El grito pasa por su garganta cual trozo de hielo de mil aristas lleno, hiriéndole, desgarrándole la laringe. La sangre corre por su cuello, pero él sigue gritando. El grito suena como un quejido lastimero inhumano. Un grito capaz de conmover a una piedra inerte. Un grito lleno de vida, de dolor, de muerte. La habitación se inunda con las lágrimas y con la sangre. Y él sigue gritando y llorando. Golpea la cabeza contra las paredes como queriendo asesinar la vida a cabezazos. Lanza improperios contra todo lo que de doloroso tiene la vida.

Llueve dentro de su habitación, lo que contribuye a la crecida de la inundación. La mezcla de agua, sangre y lágrimas le llega ya por la cintura. No desea hacer nada por evitarlo. Le sobreviene un instante de humor negro y piensa que tendrá un suicidio original. Nadie ha muerto así. Pasa flotando a su lado la camiseta de los Pixies que le había acompañado en su adolescencia. También observa como flotan a su alrededor los recuerdos de los conciertos a los que había asistido, las acampadas realizadas con los colegas, la Luna, y hasta su imagen reflejada en el líquido rosado en el que como una burbuja en una copa de cava se ahoga. El tiempo apremia a la crecida que complacida se apremia a su vez.

Recuerdos de otras vidas acuden a su mente, sueños acariciados, viejos poemas, tiernos recuerdos de la felicidad perdida. Él se encuentra encogido en una esquina, llorando, con la vista nublada y perdida, con las manos entrelazadas, con el alma encogida. Casi no respira. Es como un virus, que apenas necesita oxígeno para vivir.

Sigue llorando, pero esta vez de felicidad, porque la muerte le va a dar la única alegría de su vida.

Su fin se aproxima y esto le impresiona. Es consciente del desenlace inminente, y eso le hace estar nervioso. Dentro de poco tiempo su vida se apagará como una vela de nubes. Su cuerpo flotará inerte. Su tristeza desaparecerá. Su no-alegría también. Todo será oscuridad en su interior. Nadie llorará su muerte. Nadie lo echará en falta. Nadie irá a poner unas tristes flores en su lecho de oscuridad eterna. Nadie comentará su original suicidio. Nadie vivirá por él. Nadie será para él alguien. Nadie.

 

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