Un Parque, No Importa Cuál

Siempre paseo por la tarde por un parque, no importa cuál. Me gusta pasear por esos cementerios de besos furtivos en el roce de la hierba. Aquí vienen muchos tipos de personas. Niños hambrientos de juego y libertad, porque ellos pueden ser libres de pensar quiénes son, de soñar quiénes son. No tienen ningún elemento que corte las alas de sus sueños que vuelan entre las hojas comprensivas y siempre neutras de los árboles. Sólo esos niños son por un instante lo que realmente quieren ser.

Aquí acuden también los imberbes adolescentes a desafiar una moral que sólo busca la represión de la máxima expresión de la vida en su más dulce formato. Sus labios se encuentran y sus lenguas juegan al corre-que-te-pillo.

Vienen también los adultos cuyo sueño de niño se desvaneció en el crepúsculo marginal del desengaño. Pasean saboreando los recuerdos dolorosos de una evolución dolorosa de lo que se sueña al no-ser, porque crecer es no-ser. De vez en cuando rueda una lágrima furtiva de recriminación a la vida, por su maltrato.

Así mismo, vienen ancianos a ver caer las hojas de los árboles en espera de que la suya caiga también. Vienen a intentar asimilar, sin comprenderlo, que el único momento de no-trabajo y no-estudio es cuando de nada sirve.

Aquí es donde yo paseo, y me gusta, porque aquí me proyecto en el cosmos, mi mente se convierte en algo extenso e infinito. La amalgama que obstruye mis vatios cerebrales, en contacto con el espectro dulce de un parque, se convierte en una ingrávida sucesión de galaxias áureas.

Aquí el tiempo no existe, se detiene. Se mantiene uno apartado del mundo cosmopolita que extingue al hombre con su monotonía, ajetreo y atmósfera tóxica. Aquí uno, cuando pasea, se siente menos solo. Todo hace compañía y hasta la soledad va a tu lado.

Las deliciosas sombras que proyectan solidariamente los árboles aquí asentados invitan a tumbarte en la hierba, solidaria también, y a respirar profundamente la vida, a esnifar la magia de estos refugios atemporales.

La hierba. ¡Oh, cuanta injusticia sobre ella se ha cometido! ¡Cuántas veces ha sido humillada ante las pisadas crueles de quien se cree superior! Aquí hasta las piedras tienen vida. Susurran suavemente, al que quiere escucharlas, la historia  de la eternidad inerte.

Aquí el agua no tiene dueño. Es de ella misma, de nadie más. Juega con la tierra en un armonioso y melódico correr. Salta y cae para ir en busca de un sueño de mar.

Toda esta magia está presente aquí, me gusta formar parte de ella. El parque, donde paseo y me proyecto en el infinito para olvidar lo que de perra tiene la vida.

 

Parque de  María Luisa, 18-19 de Noviembre del 2000.

 

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Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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